Días de gris

Me gustan esos días nublados y grises. Me agradan en particular los de finales de Noviembre, cuando el otoño aún no ha cedido todo el calor estival al entrante invierno ni los días aunque se han acortado sensiblemente aún no ha claudicado del todo frente a la nocturna oscuridad.

calle-en-gris-2.jpgA veces llueve. No me refiero a las lluvias contundentes, de gruesos goterones, que te obligan a recluirte en el ambiente cargado de un bar cualquiera o a circular apresuradamente bajo las alas desplegadas de un paraguas que no termina de protegerte. No, en este momento hablo de lluvias delicadas y sutiles, que se producen en un aire inmóvil, y que nos permiten la elección de intentar protegernos o de dejar que las finas gotas, que más bien parecen flotar que caer, nos acaricien suavemente, sin llegar realmente a mojarnos.

En estos días en que las nubes ocultan hasta la última traza del sol y la líquida atmósfera hace que sea imposible conocer la hora sin el auxilio mecánico o electrónico de nuestros medidores de tiempo me apetece deambular sin destino por las calles, empaparme de esa melancólica penumbra sin otra cosa que hacer que dejar que mi vista se pierda en la recta línea de la fachada de un edificio, la escurridiza figura de un coche que atraviesa la calle más allá, el detalle en las volutas de una farola de época, la mirada esquiva de otro transeúnte. Todo gris sobre gris, infinitas tonalidades de gris, manchadas aquí y allá por desvaídas notas de color. Me gustaría en esas ocasiones detener las implacables horas que van cayendo sobre mi, para poderme sumergir en esa dulce sensación de inmovilidad que parece adueñarse de todo.

Pero no puede ser. El mundo sigue su curso inconmovible, y yo con el. En algún lugar me esperan mil cosas, obligaciones y compromisos ineludibles que parecen tener vida propia y que exigen en cada paso que doy mi atención inmediata, y con ella un trozo de mi alma. Sin embargo no me doy por vencido, mi yo más rebelde acorrala en un rincón esas urgencias que entonces rugen con más fuerza sin que yo les preste la menor atención.

Hoy es uno de esos días.

Salgo del tren, el aire frío y húmedo me rodea invitándome a arrebujarme en mi abrigo y a caminar pausadamente hacia mi destino.

Por las calles, los otros caminantes, sumergidos cada uno dentro de si mismo, se dirigen apresuradamente a sus diarias obligaciones. Voy cruzándome con ellos, invisible, e intento descubrir sus pensamientos en la tenue estela que van dejando a su paso.

A ambos lados de mi trayecto voy viendo las islas de luz que se asoman a la acera: oficinas bancarias, panaderías y algún que otro otros comercio que ya ha abierto para aprovechar el máximo de esta semana de frenesí comprador. Los subidos colores del mobiliario y de las chillonas decoraciones navideñas hieren profundamente mis ojos -hasta el mismo espíritu- haciéndome apartar la vista hacia superficies y espacios más acogedores.

Así, entre el acuoso elemento, voy circulando, escuchando sin atención el tranquilizante siseo de los neumáticos sobre el asfalto y hundiéndome cada vez a mayor profundidad dentro de mí mismo. De repente doblo en una esquina y tras desplazarme unos escasos metros me encuentro al frente de las oficinas en las que trabajo.

Tardo aún un instante en volver a este aquí, este ahora. Abro la puerta y entro.


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