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22. Enero 2008 por Mon.
En estos tiempos en los que en nombre de lo “políticamente correcto” se enarbola continuamente la bandera de la mediocridad -ante el aplauso de todos los presentes- yo me veo en la obligada circunstancia de ser tremendamente incorrecto: no creo en la igualdad entre el hombre y la mujer
¡No!, la tan cacareada igualdad entre hombre y mujer es una de las mentiras (de esas que a fuerza de repetición se convierten a todos los efectos en verdades compartidas) más insidiosas, inútiles y absurdas que el género humano ha desarrollado a lo largo de los tiempos.

Tengo que aclarar que cuando afirmo que las mujeres y los hombres son diferentes no me refiero en lo absoluto a las diferencias fisiológicas evidentes y que a todos -aquí si, mujeres y hombres- nos agradan. No, me refiero a las cuestiones que todos rehuyen discutir, a las diferencias existentes entre los dos sexos y que de manera absoluta determinan gran parte de las actividades para las cuales nos encontramos capacitados o no.
Podría aquí hacer referencia a la infinidad de trabajos de corte seudocientífico más o menos populares como aquel de “Marte” y “Venus” o de “escuchar” y “leer mapas”, pero lo considero del todo innecesario. Nadie que haya tenido algo más que una leve exposición al sexo opuesto puede sostener honestamente que hombres y mujeres piensan igual, reaccionan igual o sienten lo mismo frente a las mismas circunstancias. Casi todos hemos vivido en nuestras propias carnes la circunstancia de habernos vistos empantanados en una situación en la cual nuestra pareja no es capaz de entender (o de hacernos entender) una situación que para, el que la expone, es poco más que trivial. Cuan a menudo hemos visto como otra persona del mismo sexo que el expositor la entiende a la primera y si es del contrario se encuentra en las mismas dificultades…
No, por favor, que no me vengan con monsergas de supuestas igualdades.
¿Qué oportunidades tiene un equipo de fútbol femenino frente a otro equivalente masculino? o ¿cuantas veces le ganaría un hombre a una mujer a la hora de valorar una situación en un juego social?
Existen innumerables circunstancias en las que hombres y mujeres, enfrentados en las mismas condiciones a las mismas dificultades partirán con una ventaja inicial por el mero hecho de su género.
Insistir en la igualdad de los sexos ante semejante evidencia no sólo es miope, es en cierta forma auto destructivo. Nos priva, a la humanidad como un todo, de una de nuestras bazas evolutivas más valiosas: el profundo dimorfismo sexual tanto físico como mental.
Se suele hablar en estos tiempos de la denominada violencia de género. Y cuando se hace tal cosa inevitablemente viene a la mente del que escucha la imagen del hombre maltratador que haciendo uso de su superioridad física denigra, lastima, hiere y hasta mata a una mujer, generalmente su pareja sentimental. Esta imagen es más que justificada. El hombre -en el sentido de varón, macho, masculino- no sólo suele ser mas fuerte que su contraparte femenina sino que es más propenso a dejarse arrastrar por los impulsos más agresivos ante un enfrentamiento. A lo que difícilmente harán referencia (al menos por ahora) como violencia de género es a la ejercida por muchas mujeres sobre sus parejas masculinas sin necesidad de levantar un sólo dedo. La mujer no suele atacar o defenderse por medios físicos, ella prefiere usar sus capacidades mentales y su superior control sobre el lenguaje para infringir sus heridas. No se yo si se habrá hecho algún estudio comparativo al respecto, lo que si es innegable es que la simple idea de llevarlo a cabo ya suena de una incorrección -política- superlativa.
No se si mis lectores(as) aceptarán mis hipótesis. Y en caso de no hacerlo ignoro si ello se deberá a que realmente consideran que estoy en un error o que sencillamente no soportan caer fuera de lo “políticamente correcto”. Me gustaría pensar que esta mala racha de igualdad mal interpretada se acabará más pronto que tarde. Que esta enfermiza necesidad de defender a la mujer de las injusticias, pasadas y presentes, apalancándose exclusivamente en esta falsa idea terminará por sucumbir a la razón.
Hombres y mujeres no somos iguales, ni podemos serlo, ni deberíamos quererlo.
Ahora bien, la aceptación de la verdad -para mi clara y distinta- de la profunda diferencia entre ninfas y sátiros es un verdadero peligro, una tentación de retroceso social y cultural si no se ve acompañada de otra realidad no menos contundente: desigual no significa ni superior ni inferior.
Disparidad sólo puede entenderse en términos de mejor o peor cuando la establecemos en un limitado espacio unidimensional. Pero el universo de la realidad humana no se encuentra ni remotamente tan limitado. Este mundo en que nos movemos, hecho de ideas, sentimientos, obras y omisiones tiene en realidad infinitas dimensiones.
No me gustaría finalizar este post sin especular un poco: estoy convencido que el día en que todos dejemos a un lado esa innecesaria búsqueda de inexistentes igualdades y pasemos a respetarnos como distintas y valiosas realidades desaparecerán muchas de las injusticias que se busca subsanar con la idea de igualdad más aún, creo sinceramente que la propia violencia de género no podrá sobrevivir mucho a esta nueva óptica.
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26. Diciembre 2007 por Mon.
Me gustan esos días nublados y grises. Me agradan en particular los de finales de Noviembre, cuando el otoño aún no ha cedido todo el calor estival al entrante invierno ni los días aunque se han acortado sensiblemente aún no ha claudicado del todo frente a la nocturna oscuridad.
A veces llueve. No me refiero a las lluvias contundentes, de gruesos goterones, que te obligan a recluirte en el ambiente cargado de un bar cualquiera o a circular apresuradamente bajo las alas desplegadas de un paraguas que no termina de protegerte. No, en este momento hablo de lluvias delicadas y sutiles, que se producen en un aire inmóvil, y que nos permiten la elección de intentar protegernos o de dejar que las finas gotas, que más bien parecen flotar que caer, nos acaricien suavemente, sin llegar realmente a mojarnos.
En estos días en que las nubes ocultan hasta la última traza del sol y la líquida atmósfera hace que sea imposible conocer la hora sin el auxilio mecánico o electrónico de nuestros medidores de tiempo me apetece deambular sin destino por las calles, empaparme de esa melancólica penumbra sin otra cosa que hacer que dejar que mi vista se pierda en la recta línea de la fachada de un edificio, la escurridiza figura de un coche que atraviesa la calle más allá, el detalle en las volutas de una farola de época, la mirada esquiva de otro transeúnte. Todo gris sobre gris, infinitas tonalidades de gris, manchadas aquí y allá por desvaídas notas de color. Me gustaría en esas ocasiones detener las implacables horas que van cayendo sobre mi, para poderme sumergir en esa dulce sensación de inmovilidad que parece adueñarse de todo.
Pero no puede ser. El mundo sigue su curso inconmovible, y yo con el. En algún lugar me esperan mil cosas, obligaciones y compromisos ineludibles que parecen tener vida propia y que exigen en cada paso que doy mi atención inmediata, y con ella un trozo de mi alma. Sin embargo no me doy por vencido, mi yo más rebelde acorrala en un rincón esas urgencias que entonces rugen con más fuerza sin que yo les preste la menor atención.
Hoy es uno de esos días.
Salgo del tren, el aire frío y húmedo me rodea invitándome a arrebujarme en mi abrigo y a caminar pausadamente hacia mi destino.
Por las calles, los otros caminantes, sumergidos cada uno dentro de si mismo, se dirigen apresuradamente a sus diarias obligaciones. Voy cruzándome con ellos, invisible, e intento descubrir sus pensamientos en la tenue estela que van dejando a su paso.
A ambos lados de mi trayecto voy viendo las islas de luz que se asoman a la acera: oficinas bancarias, panaderías y algún que otro otros comercio que ya ha abierto para aprovechar el máximo de esta semana de frenesí comprador. Los subidos colores del mobiliario y de las chillonas decoraciones navideñas hieren profundamente mis ojos -hasta el mismo espíritu- haciéndome apartar la vista hacia superficies y espacios más acogedores.
Así, entre el acuoso elemento, voy circulando, escuchando sin atención el tranquilizante siseo de los neumáticos sobre el asfalto y hundiéndome cada vez a mayor profundidad dentro de mí mismo. De repente doblo en una esquina y tras desplazarme unos escasos metros me encuentro al frente de las oficinas en las que trabajo.
Tardo aún un instante en volver a este aquí, este ahora. Abro la puerta y entro.
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8. Noviembre 2007 por Mon.
Siendo yo aún muy niño mi padre me decía -preocupado sin duda al verme a toda hora hundido entre las páginas de un libro- cuanto más sepas, menos feliz serás.
El había nacido poco antes de la guerra civil española y tuvo la desafortunada ocurrencia de hacerlo en la Galicia profunda. Así que de escuela nada. Su formación se redujo a las clases de un famélico maestro, que alquilaba sus servicios por un invierno a los grupos de padres de la región. La idea era proveer a los niños de los elementos básicos -leer, firmar (que no escribir), sumar, restar, multiplicar y calcular superficies y volúmenes. Hasta ahí lo que un hombre del campo gallego en la primera mitad del siglo pasado podía necesitar.
En estas circunstancias no se puede decir que las oportunidades de adquirir conocimientos fueran particularmente abundantes. Más aún, resultaría particularmente contra natura que la apetencia por el conocimiento se despertara en uno de aquellos rapaces que antes del amanecer ya se levantaban para ordeñar las vacas y que no regresaban del duro trabajo en las eiras hasta que no desaparecía la luz del día.
Pero mi padre era un bicho raro (debe ser genético, sin duda), siempre estaba investigando, haciéndose preguntas, buscando respuestas. pero… ya hablaré de él algún otro día,. Ahora debo volver a la cuestión inicial: la ignorancia como medio para la felicidad o, tal vez, el conocimiento como principal obstáculo en su camino.
Suele suceder que, superada cierta edad, aquello que nuestros padres nos decían y que a nosotros nos parecían desvaríos precursores de cierto tipo de chochez, va tomando cuerpo en nosotros con la solidez de la verdad más absoluta. Este es el caso.
¡Cuanto más feliz sería yo si ignorara la calamidades de Palestina o Darfur!. Del racismo de esta nuestra extraviada Europa. De la irresponsable forma de gobernar de Chávez en Venezuela y tantos otros presidentes y presidentillos repartidos por las diferentes longitudes y latitudes. ¡Cuanta tristeza me ahorraría si ignorara las amenazas del cambio climático!, si no fuera capaz de imaginar las condiciones en las que de seguro vivirán nuestros nietos.
Bendita ignorancia, quién pudiera abrazarte de nuevo.
Pero el conocimiento es un camino de una sola dirección y su búsqueda es un vicio de difícil curación.
A menudo, cuando me encuentro sumido en este tipo de cavilaciones, recuerdo una frase de J. S. un compañero de viejas épocas universitarias: “Si no tuviera la esperanza de morir algún día, ya me habría suicidado”
Salud… y feliz ignorancia.
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